Penumbra. Sombras que parecen reír siniestramente para asustarme invaden la estancia. De repente un escalofrío, de esos que te paralizan. La madera cruje y mi oído se agudiza a la vez que mis ojos se abren tanto que parece que vayan a salirse de sus órbitas. Trago saliva y mi garganta suena tan fuerte por la grandeza de ese silencio que miro asustada hacia todas partes pensando que ese sonido pueda haber atraído o enfadado a algo o alguien. Me doy media vuelta, mirando hacia la pared y cierro los ojos procurando pensar en otra cosa para olvidarme de mis miedos irracionales. Intento pensar en cosas alegres o emocionantes que luchen cual perfecto espadachín contra esas malvadas sombras que habitan en mi gran imaginación. Entonces en mi cabeza suena un "¡click!" bajito, casi imperceptible, y se pone a funcionar. ¡Y de qué manera! ¿Cómo lo hace para pasar del miedo de algo imaginario a la tristeza y/o nostalgia de cosas vividas que ya se fueron?
- ¡Has jugado sucio! ¡El trato era pensar en cosas alegres o emocionantes! - le digo a mi perversa mente. Esa tramposa estúpida que siempre me la juega.
Como respuesta sólo hay silencio, aunque yo escucho una risa malévola, profunda. Una risa imaginaria pero que va dejando tras de sí un eco que, a pesar de dar miedo, a mí me provoca una mezcla entre rabia, impotencia y tristeza.
Y así insomne, triste y perdida es como paso las noches entre las arrugas de mis sábanas, hasta que el ansiado sueño llega acariciando mis párpados pesados y aún mojados y me arropa con un profundo y cálido beso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario