martes, 15 de octubre de 2013

lunes, 29 de abril de 2013

Noche.


Penumbra. Sombras que parecen reír siniestramente para asustarme invaden la estancia. De repente un escalofrío, de esos que te paralizan. La madera cruje y mi oído se agudiza a la vez que mis ojos se abren tanto que parece que vayan a salirse de sus órbitas. Trago saliva y mi garganta suena tan fuerte por la grandeza de ese silencio que miro asustada hacia todas partes pensando que ese sonido pueda haber atraído o enfadado a algo o alguien. Me doy media vuelta, mirando hacia la pared y cierro los ojos procurando pensar en otra cosa para olvidarme de mis miedos irracionales. Intento pensar en cosas alegres o emocionantes que luchen cual perfecto espadachín contra esas malvadas sombras que habitan en mi gran imaginación. Entonces en mi cabeza suena un "¡click!" bajito, casi imperceptible, y se pone a funcionar. ¡Y de qué manera! ¿Cómo lo hace para pasar del miedo de algo imaginario a la tristeza y/o nostalgia de cosas vividas que ya se fueron?
- ¡Has jugado sucio! ¡El trato era pensar en cosas alegres o emocionantes! - le digo a mi perversa mente. Esa tramposa estúpida que siempre me la juega.
Como respuesta sólo hay silencio, aunque yo escucho una risa malévola, profunda. Una risa imaginaria pero que va dejando tras de sí un eco que, a pesar de dar miedo, a mí me provoca una mezcla entre rabia, impotencia y tristeza.
Y así insomne, triste y perdida es como paso las noches entre las arrugas de mis sábanas, hasta que el ansiado sueño llega acariciando mis párpados pesados y aún mojados y me arropa con un profundo y cálido beso.

jueves, 25 de abril de 2013

Sueños.

Es verdad que soy pesimista. Que siempre pienso que todo me va mal, que creo que mi vida vaga sin rumbo a la espera de eso que llamamos destino y que no me gusta nada de mí.
Es verdad que soy extremadamente derrotista, que casi nunca consigo acabar nada de lo que empiezo, que quise abandonar bachiller e incluso mi ciclo formativo. Que me compré una guitarra y aún no he logrado coordinar dos notas seguidas. Que quise aprender a coser y tampoco lo hice y, por supuesto, he empezado algunos libros que nunca acabé.
Es verdad que soy un completo desastre. Que nunca encuentro nada porque soy terriblemente desordenada. Que a menos que me recuerdes las cosas un millón de veces lo más probable es que me olvide y que nunca he podido dejar mis apuntes a mis compañeros porque siempre han estado desordenados o incompletos.
Es verdad que soy caprichosa. Que quiero mil cosas pero nunca tengo dinero para permitírmelas, que cuando se me antoja algo lo quiero YA y que si no lo consigo me pongo de mal humor. 
Pero también soy soñadora
Sueño cuando duermo, pero todavía sueño más mientras estoy despierta. Sueño con ser libre, con no ser una carga para nadie y poder permitirme mis caprichos; con ser independiente y arreglar mi desorden por mi misma y no por obligación. Sueño con no olvidarme de nada, aunque para ello sea necesario forrar mi casa con miles de post-it de colores. También sueño con empezar mil cosas y acabarlas un día, como con aprender, por fin, a tocar mi guitarra y poder disfrutar de un día de río rodeada de gente que quiero tocándola, cantando y bebiendo junto a ellos. Sueño con amar, pero aún sueño más con ser amada. Sueño que soy al fin feliz y mi pesimismo se esfuma. Pero sobre todo sueño todos los días y más intensamente con que un día todo esto no se quede en un sueño.

miércoles, 24 de abril de 2013

Brilla.


Atardeceres rojizos. Intensos. A mi lado, alguien utilizando mi espalda de lienzo con interminables y sugerentes caricias. Me levanto y saco casi medio cuerpo a través de un gran ventanal y me roza una suave brisa. Una brisa que trae consigo aromas de muchos lugares, de mucha gente. Inhalo hondo para embriagarme con esos olores tan diversos. En días así, me siento volar. Quiero desplegar las alas y volar muy alto. Despegar, levantar mis pies del suelo y tocar una nube con las yemas de mis dedos. Saludar cortésmente a todas las aves que ahora estarían alrededor mío, y no sobre mí. Después, me sentaría en un tejado, mirando cómo el Sol se va escondiendo para dar paso a la reina de la noche. La Luna. Esa que brilla a pesar de que a su alrededor todo es oscuridad. Que sale todas las noches, aunque algunas no podamos verla. Al igual que las estrellas. ¿No os parecen preciosas? Cuando yo no era más alta que una mesa camilla de las que podéis tener en vuestro salón, mi abuela me decía:
- ¿Sabes que el Sol se llama Lorenzo?
- Lorenzo – repetía yo. - Pues que nombre más feo le pusieron sus papás.
- ¿Y ves la Luna? – Proseguía mi abuela sin hacer demasiado caso de mi ocurrencia. – La Luna se llama Catalina.
- ¡Hola Catalina! – saludaba yo intensamente con mis pequeñas manos. – Abuela, y esa estrella de ahí, ¿cómo se llama?
- Las estrellas, se llaman María – sonreía mi abuela.
- ¿Todas ellas? – decía yo asombrada.
- Claro, ¿has visto cuántas son? ¡No nos acordaríamos de todas si cada una tuviera un nombre! ¿No crees?
- Ya… Pero es que entonces, - replicaba yo – si dices ¡María! todas pensarán que es a ella a quien llamas.
Mi abuela reía y daba la conversación por terminada, mientras yo me quedaba en el balcón mirando ese gran cielo negro donde habitaban “Catalina” y las pequeñas “María” haciéndome miles de preguntas que prefería no resolver para no romper ese momento tan mágico.
Eso me lleva a pensar que, si “Lorenzo”, “Catalina” y las “Marías”, tienen nombres tan corrientes como cualquier otra persona de las que pisamos el suelo, nosotros también podremos, un día, brillar con esa intensidad que ellos lo hacen cada día y sin apenas descanso.

jueves, 4 de abril de 2013

Maldita realidad...

Hoy, estas cuatro paredes serán mi búnker en esta absurda guerra de sentimientos... Esa guerra que nunca paró, sólo estuvo en tregua durante un tiempo...
Hoy es uno de esos días en los que no puedes, o no quieres levantarte de la cama y te engañas a ti mismo cerrando fuerte los ojos, haciéndote el dormido... Hoy es un día en el que mientras corría sonriendo por el mundo irreal en el que a veces vivo, tropecé con una raíz saliente de un árbol que se cruzó en mi camino y caí de bruces a esto que llaman "realidad" ... Esa realidad que con su temido y punzante dedo señalándote cerca de la cara te llama iluso entre horribles y resonantes carcajadas que asustan al más valiente. Entonces te arropas hasta la frente y cierras fuerte los ojos para que esa lágrima corra por tu cara y no salga ni una más... Pero ellas no quieren esperar en la cola de tus párpados cerrados y empiezan a empujarse unas a otras hasta que salen de tus ojos contra tu voluntad... ¿Qué es este cielo gris? ¿Por qué esta calle es sólo asfalto? ¿Dónde están las nubes blancas, el cielo azul, el césped verde por el que saltaba no hace mucho tiempo...? ... ¿Acaso lo han segado? ¿Cuando podré volver a mi mundo? ... Silencio ... No hay respuesta... Sólo silencio... Un silencio que mata, que duele. Un silencio que no escuchaba desde hacía años y que tenía la esperanza de no volver a escuchar nunca... Pero aquí está, acompañándome para que me sienta aún más sola y perdida en esta realidad...

Historias.

La vida está llena de historias. Historias alegres. Historias tristes. Reales o ficticias. Historias que deseas contar a todo el mundo. Y otras que prefieres guardar para la intimidad de un diario, un blog, o incluso guardarlas únicamente en tus recuerdos. Historias que recuerdas y te hacen sonreír como una idiota u otras que, por el contrario, te dan un pequeño pero doloroso pinchacito cuando vuelven a tu mente. Historias que nunca olvidarás. Historias que ya creías olvidadas pero siguen ahí, alegrándote o atormentándote. Historias que se acaban plasmando en un libro y se hacen realmente famosas, u otras que escribes en un folio con 16 años y las encuentras 10 años después, leyéndolas con los ojos cubiertos de ilusión.
Sea como fuere son historias. Historias que siempre nos rodean y siempre lo harán.
No dejes que se pierda la tuya.